Cuando te falla lo demás, cuando no hay dinero, cuando parece que la sociedad te expulsa, siempre te queda el amor. Y si hay un tipo de comedias románticas que nos gustan, esas son las que van sobre perdedores. Fallen Leaves, la nueva película de Aki Kaurismäki, va aumentando su cosecha de premios: Premio Fipresci y Gran Premio del Jurado en Cannes, entre otros. En Milana hemos podido verla en el Festival de San Sebastián, y nuestra crítica es la siguiente: somos fans del amor entre esos personajes que quedan al otro lado de la sociedad finlandesa del bienestar.
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Hablamos de Ansa, que comienza la película siendo trabajadora de un supermercado, y de Holappa, obrero, aunque ninguno de los dos conserva su trabajo al final de esa apenas hora y veinte que dura la cinta. Los dos son personas para las que la vida no ha sido fácil. Viven vidas precarias, con condiciones laborales pésimas por culpa de un sistema que no les tiene en cuenta pero donde los jefes explotadores y mandos intermedios wannabe, por supuesto, tampoco ayudan.
El destino y la dignidad
Sentimos su soledad, y cómo buscan ese amor cansado, marcado por el agotamiento de las horas de trabajo, para el que tienen que robar los pocos ratos entre turnos. Porque son personajes para los que parece imposible controlar su destino, marcado por el capitalismo, la precariedad, la nube negra de mala suerte que sienten que les persigue y no les deja encontrar la felicidad. Ya no solo en el trabajo, sino en su relación: Holappa pierde el número de Ansa, no consiguen encontrarse, parecen no estar destinados a estar juntos.
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Pero ellos no se resignan: deciden salir en busca de un futuro mejor. Ansa y Holappa se buscan el uno al otro cuando parece ser imposible propiciar un encuentro. Lo mismo pasa en las injusticias del trabajo: se plantan, aunque pocas veces puedan hacer algo al respecto. Tienen sus pequeñas rebeliones, como llevarse a casa algún alimento caducado que el supermercado va a tirar. Hay una dignidad en esas decisiones, en esos personajes desgraciados pero determinados. La vida no va a aplastarles.
Porque aunque sean alcohólicos, aunque les echen del trabajo, aunque se sientan solos, les queda el karaoke, el cine, los perros. Ningún personaje sonríe en la película, pero nosotros, como espectadores, sí sonreímos.
Fotograma de Fallen Leaves
La esencia Kaurismäki
Porque Fallen Leaves es puro Kaurismäki: lo reconocemos en su sentido del humor, en ese ritmo particular, en esa puesta en escena maravillosa, ese minimalismo, esos planos, esa poesía.
Si no fuésemos escuchando en la radio las preocupantes noticias que van llegando sobre la guerra de Ucrania, podríamos pensar que la película tiene lugar en los años 70. Es un mundo atrapado en el tiempo en el que viven Ansa y Holappa. Un mundo vintage, al que parece no haber llegado el progreso que presuponemos en los países nórdicos. El progreso no llega a la vez para todos. Algunos se quedan atrás.
Salimos con una sensación agridulce del cine: Fallen Leaves es dura y, a la vez, tierna, y divertida. Hay un vacío existencial, una visión completamente pesimista de la vida, pero a la vez hay un reconocimiento de que aún hay cosas que merecen ser salvadas. El cine, el sentido del humor. El karaoke. El amor.

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Thank you for the sensible critique. Me & my neighbor were just preparing to do some research about this. We got a grab a book from our area library but I think I learned more clear from this post. I’m very glad to see such wonderful info being shared freely out there.